El celular

Sonó el despertador del celular de Rigoberto a las 6 de la mañana y, como todos los días, Rigoberto se levanta para su rutina matinal antes de ir a trabajar. Media hora de actividad física, un buen baño para relajarse, un abundante desayuno para luego subirse al auto e ir a trabajar.
Todo venía bárbaro… hasta que quiso agarrar las llaves del auto en su mesa de luz… y no estaban.
– ¿Y las llaves del auto? ¡Dónde están las llaves del auto! Gritaba Rigoberto muy alterado.
Sale afuera pensando lo peor.
– Noooo ¡Dónde está el auto! A los gritos desesperado Rigoberto.
– ¿Qué pasa querido? Le pregunta la esposa calmadamente.
– ¿Cómo qué pasa? No está el auto, preciso el auto para ir a trabajar.
– Aaahh, se lo llevó Bebecito.
–¿Cómo qué se llevó el auto nuestro hijo?
– Y sí, la novia lo llamó y bueno, se fue en el auto. Lo precisaba urgente.
–¿Cómo que lo precisaba urgente? ¿Qué le pasó a la novia?
– Resulta que lo llamó la novia, que ella tenía que ir a estudiar y no tenía ganas de ir en ómnibus, así que le pidió a tu hijo sino la llevaba en el auto. Y bueno, tu hijo le dijo que sí ¿No te parece que tuvo un muy lindo gesto con ella? ¿No es una ternura?. Le decía la esposa de Rigoberto con cara divertida.
–¿Un lindo gesto? ¿Es en serio? ¡Es en serio! decía en tono fuerte Rigoberto. – Tengo que ir a trabajar y preciso el auto, no llegó a trabajar si voy en ómnibus y tengo una reunión muy importante. ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¿Qué hago ahora? No llego, no llego, decía lastimosamente Rigoberto.
En eso se escucha una voz fuerte, grave, y a Rigoberto se le puso la piel de gallina, los ojos se le abrieron totalmente, una mueca de horror se le dibuja en la boca. La esposa tapándose la boca para no soltar una fuerte carcajada ante el estupor de su esposo al escuchar esa voz.
– ¡No puede ser! No, no, no, no puede ser, decía bajito Rigoberto, con miedo de ser escuchado.
–¿Cómo le va vecino? Le grita la esposa de Rigoberto, a lo que éste la mira con cara de estupor, aterrorizado.
– ¿Qué haces? ¡Qué haces! Le dice Rigoberto en voz baja y temerosa a la esposa.

– ¿Cómo le va vecino? ¿Otra vez se llevó Bebecito el auto? Resuena la voz fuerte y grave del vecino.
– Sí, le contesta la esposa de Rigoberto. Lo precisaba para llevar a la novia a la Facultad ¿No es un tierno?
– Lo que es el amor, el pendejo es todo una ternura. Decía el vecino en tono fuerte, porque el tipo no sabe hablar bajo.
Rigoberto no sabía donde meterse, quería huir, encerrarse en la casa… pero se tenía que ir a trabajar. Y escucha algo que no quería escuchar, algo que le generaba un terror enorme.
– ¿Quiere que lo lleve al trabajo vecino? Le pregunta el vecino.
Rigoberto iba a decir algo cuando escuchó a su esposa decir – Buenísimo vecino, me parece genial.
Rigoberto no daba crédito a lo que escuchaba, abrió la boca para decir algo pero no pudo decir nada, el terror se había apoderado de él.
– ¿No te parece genial Rigo? Así no llegas tarde a tu trabajo, le decía la esposa con una sonrisa enorme. Rigoberto sabía que ella se estaba conteniendo para no matarse de la risa, podía verlo en los ojos llorosos de ella, mientras ella se tapaba la boca con las manos, haciendo un esfuerzo enorme para no reírse.
– Exacto, es un enorme placer poder llevarlo al trabajo vecino querido. Placer que no era para nada correspondido por Rigoberto. Debido a las circunstancias, no tenía más remedio que aceptar la oferta del vecino.
– Muchas gracias vecino. Le agradecería sí que me lleve al trabajo, decía Rigoberto ya resignado.
– No se diga más, ya sacó a la viejita y lo llevo, le dijo el vecino. La viejita no era más que una camioneta Ford F100 de 1970, oxidada, con un humo negro y hediondo que salía por el caño de escape, ruidosa a más no poder.
Pero el problema, para Rigoberto, no era la camioneta en sí… era el vecino. Un tipo setentón, viudo, muy boca sucia, medio corto de vista, pero el mayor problema era su forma de manejar… y eso es lo que más le temía Rigoberto.

El vecino era de andar a altas velocidades en una camioneta no diseñada para eso, y menos en el estado en que estaba. Se creía un piloto de F1 compitiendo… contra otros conductores en las calles de la ciudad. A eso hay que sumarle que le vivía gritando malas palabras tanto a los conductores como a los peatones.
Y allá se fue Rigoberto con su vecino al trabajo. Media hora de viaje, pero ¡Qué media hora!
– ¡Qué haces anormal! ¡Aprendé a manejar infeliz! Gritaba el vecino por la ventana media abierta de la camioneta.
– T- t- tran- tranquilo, v- v- vecino, n- n- no hay ap- no hay ap- no hay apuro. Decía Rigoberto tartamudeando. Porque cuando se ponía nervioso, empezaba a tartamudear.
– ¡Pero que haces pelotudo!
– T- t- tranqui, tranquilo vecino.
En eso el semáforo que está adelante se pone en amarillo.
– El- el- el s- s- semáforo, v- v- vecino, el s- s- ¡el semáforo!.
Pero el vecino ni se inmutaba.
Y el semáforo se puso en rojo y la viejita, la camioneta del vecino, entre finitos y zigzagueando, esquivando autos y peatones, entre los insultos de la gente que cruzaba y las respuestas del vecino, cruzó la principal avenida de la ciudad.
– ¡Qué haces viejo anormal! Le gritaba la gente.
– ¡Estoy apurado pelotudo! Respondía el vecino.
Rigoberto agachado en el asiento para no ver lo que ocurría, tenía todos los músculos tensos por el estrés que le causaba el viaje con el vecino. – No puede ser, no puede ser, Diosito no quiero morir, decía Rigoberto para dentro de sí mismo.
En eso, la viejita que frena bruscamente.
– Llegamos vecino. Qué viajecito que nos mandamos, eh. Una locura cómo maneja la gente hoy en día, ja ja ja, le decía el vecino a Rigoberto con una sonora y fuerte carcajada.
– M-m-m- muchas g-g-g-gracias v-v-v-vecino, le respondía Rigoberto mientras pensaba – Sos un animal manejando, ¡Quién te dió la libreta!
Se baja de la camioneta de a poco, debido al estrés por el viaje, le costaba controlar sus piernas. Era todo una tembladera su cuerpo. De a poco, paso a paso, se dirige al edificio donde trabaja, no sin antes escuchar salir a los chirridos de neumáticos a la camioneta de su vecino, frenazos de vehículos, y las puteadas de las personas. Resonaba la voz de su vecino – ¡Qué haces pelotudo! ¡No ves que estoy doblando! ¡Aprendé a manejar, vejiga!
– Todo un personaje su vecino, así que su hijo lo dejó a pata de vuelta don Rigoberto, le decía con una sonrisa sarcástica el portero del edificio.
– A-a-a-and-andate a la p-p-p… le iba a responder Rigoberto hasta que ve a un flaco alto, trajeado que le dice – ¡Cómo andás Rigo! ¿Otra vez te dejo a pata tu hijo Bebecito?
– B-b-b- buen d-d-d-día j-j-jefe, s-s-sí, m-m-m- me dejo a p-p-pata.
– No te preocupes Rigo, la reunión viene atrasada, ¿Por qué no vas a la sala especial y te relajas un momento? Tomate uno de los té especiales para relajar los nervios, le respondía el jefe.
– M-m-muchas g-g-g-gracias jefe.
A la media hora, pasa el jefe por la sala especial.
–¿Cómo te sentís Rigo?
– Me siento mejor jefe, muchas gracias.
–¿No me digas que tu hijo te usó el auto para llevar a la novia a la Facultad? ¡Qué ternura de hijo que tienes! Le decía el jefe a Rigoberto.
– Sí, lo hizo de vuelta, le respondía mientras pensaba por dentro – Lo voy a matar, esta vez me va a escuchar, ¡Nunca más me va a usar el auto! Aunque Rigoberto sabía en su interior que eso no iba a ocurrir, no tenía el suficiente carácter para ponerle límites a Bebecito.
Bebecito le decían a Rigoberto Jr, un tipo de 30 años que vivía aún con sus padres, un eterno estudiante de cosas intrascendentes y que aún estaba buscando que quería hacer. ¿Trabajar? No ¡qué esperanza! Él quería trabajar en algo que le gustara… cosa que todavía no ocurría. Eso sí, tenía novia y le usaba el auto al padre como si fuera su propio auto.
Rigoberto ingresa a la sala de reuniones, donde estaban los dueños de una empresa a la que, la empresa donde Rigoberto trabaja, asesora en materia de negocios y publicidad. Rigoberto venía trabajando en un modelo de negocios desde hace seis meses para ofrecer a los dueños de dicha empresa, un modelo de negocios sumamente redituable y que le implicaba ganar una muy buena y generosa comisión a la empresa de su jefe.
Rigoberto prende la computadora para realizar la presentación del modelo de negocios y ésta le pide el pin de seguridad de ocho dígitos. Debido a serios problemas de hackeo e intentos de robos de información, el jefe de Rigoberto hizo instalar un software de seguridad en todas las computadoras de los empleados. Rigoberto mete la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, no había nada, mete la mano en el bolsillo izquierdo, tampoco, ya sus manos empezaron a temblar levemente. Mete la mano nerviosa en los bolsillos de su saco hasta que le viene a la mente, como una revelación, algo que le causó un tremendo terror, sus ojos se agrandaron, sus piernas se aflojan y su cuerpo cae pesadamente a la silla mientras su cabeza cae contra la mesa golpeando con los puños la mesa.

– ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡No me puede estar pasando esto! Decía Rigoberto llorando de desgracia.
Resulta que Rigoberto se dejó el celular en su cuarto cargando, y claro, con todo el tema del auto, se olvidó de guardarlo en su bolsillo. Y en el celular tiene la aplicación que le da el pin para desbloquear su computadora.